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La fibromialgia, asociada o no a otros síndromes de sensibilización central, es una de las patologías más prevalentes y también más desconocidas. La fibromialgia es una enfermedad compleja que se caracteriza por la existencia de muchos síntomas juntos al mismo tiempo. El síntoma cardinal es el dolor generalizado del aparato locomotor, es decir, músculos, ligamentos y articulaciones, pero se acompaña también de cansancio importante, alteraciones del sueño, pérdida de concentración y memoria, ansiedad y tristeza, entre otros. Es difícil de diagnosticar, no hay un tratamiento único, ni medicamento específico. Los síntomas son parecidos entre las personas que la padecen, pero cada paciente los siente de manera particular. En muchas ocasiones, ni los análisis ni las radiografías muestran resultados que evidencien que algo funciona mal en el organismo, lo que genera frustración. Además, la calidad de vida se ve mermada ya que los tratamientos no siempre son efectivos y no se encuentra una solución para la enfermedad.

Pero es un trastorno muy común, que afecta más de un millón de españoles, mayores de 18 años (entre el 2% y 4% de la población), y la mayoría son mujeres (90%).

SÍNTOMAS DE LA FIBROMIALGIA

En general, presenta estos síntomas:

  • Dolor intenso, crónico y generalizado.
  • Presencia de dolor a la presión y palpación en determinadas partes del cuerpo.
  • Fatiga, que no mejora con reposo.
  • Insomnio
  • Hormigueo en extremidades.
  • Ansiedad y depresión.

PROBLEMAS ASOCIADOS A LA FIBROMIALGIA

Los tratamientos de la fibromialgia apuntan a aliviar el dolor, restablecer el equilibrio emocional, mejorar la calidad del sueño, la capacidad física, la astenia y sus problemas asociados.

Pero hay un aspecto que no siempre se tiene en cuenta y es esencial: el bienestar psicológico del paciente. Los síntomas que se extienden en el tiempo tienen otras consecuencias que afectan el ánimo de las personas. De hecho, esta enfermedad está estrechamente relacionada con trastornos psicólogos y psiquiátricos, siendo más frecuentes la ansiedad y la depresión (al menos dos tercios de los pacientes con fibromialgia la sufren, o la han sufrido en el pasado).

La ansiedad es una respuesta ante ciertas situaciones de la vida cotidiana en forma de estrés, que se manifiesta con una sensación de malestar e inquietud. Mientras que la depresión es un trastorno en el que predomina un estado de ánimo negativo, que hace que el paciente pierda la capacidad y el deseo de enfrentarse ante cualquier situación cotidiana. Ambos trastornos empeoran los síntomas de la fibromialgia. Es por ello que los especialistas recomiendan tratarlos.

CÓMO TRATAR LA DEPRESIÓN

Antes, el tratamiento de la fibromialgia se centraba solo en aliviar los síntomas de dolor muscular y en las articulaciones, pero en los últimos años se ha descubierto que es un proceso complejo que requiere un abordaje multidisciplinario.

Se estima que el 64% de los pacientes han padecido o padecen depresión y el 80 % sufren o han sufrido trastorno de ansiedad. Tratar la depresión es un aspecto clave en el tratamiento del dolor porque disminuye la eficacia de los analgésicos.

La asociación entre depresión y fibromialgia puede ser causal, comorbilidad o secundaria a dicho proceso. Asimismo, influye negativamente en el proceso retrasando la mejoría del paciente.

Es importante tratar la depresión y la ansiedad de los pacientes con fibromialgia para mejorar su calidad de vida. El médico recomendará a cada paciente el tratamiento más adecuado.

TERAPIAS COGNITIVO-CONDUCTUALES (TCC)

Una opción para el tratamiento de la depresión asociada a la fibromialgia son las TCC, que son tratamientos psicológicos que se aplican en una gama amplia de problemas de salud. Estas terapias son efectivas para mejorar la capacidad de los pacientes de generar sus propias capacidades y de desarrollar formas de manejar los problemas de salud.

Los objetivos principales de las TCC son el cambio en los pensamientos y sentimientos negativos que pueden tener los pacientes en cuanto a sus problemas físicos y mentales y, en consecuencia, el cambio en su comportamiento.

Los pacientes aprenden habilidades (p.ej. relajación, programación gradual de actividades) para ayudarles a controlar mejor el dolor o desarrollar diferentes actitudes hacia el dolor (p.ej. más aceptación), o ambos.

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